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My Lil' Corner
November 12, 2018
November 07, 2018
Sentido y sensibilidad - Jane Austen
| London: George Allen, 1899. (Photo credit: Wikipedia) |
En este caso le toca a otro libro de Jane Austen (antes hice un post sobre Orgullo y Prejuicio) En este caso se trata de la primera novela suya que fue publicada.Al igual que en otras de sus obras, en Sentido y Sensibilidad, Austen nos da un vistazo a la vida familiar y a las ideas, los sueños y las normas de conducta de las mujeres de la Inglaterra su época.
En esta ocasión, nos narra el día a día de las hermanas Elinor y Mariane Dashwood. Sus vidas nos pueden parecer un tanto ajenas a nuestro tiempo, sin embargo una de las razones por las que las novelas de Jane Austen aún se mantienen vigentes es que sentimos que a pesar del tiempo que tienen, aún hoy nos podemos identificar con los personajes, ya sea con Elinor que es más lógica o con Marianne que deja que su corazón sea quien la guíe. Y no importa con quien nos identifiquemos, al terminar la novela puede que nos hayamos dado cuenta de que no importa, pues mientras mantengamos un balance adecuado entre lógica y corazón encontraremos el camino más adecuado para nosotros.
November 01, 2018
La creación
La creación
Poema indio
I
Los aéreos picos del Himalaya se coronan de nieblas oscuras en cuyo seno hierve
el rayo, y sobre las llanuras que se extienden a sus pies flotan nubes de ópalo,
que derraman sobre las flores un rocío de perlas.
Sobre la onda pura del Ganges se
mece la simbólica flor del loto, y en la ribera aguarda su víctima el cocodrilo,
verde como las hojas de las plantas acuáticas, que lo esconden a los ojosdel
viajero.
En las selvas del Indostán hay árboles gigantescos, cuyas ramas ofrecen un pabellón
al cansado peregrino, y otros cuya sombra letal lo llevan desde el sueño a la
muerte. El amor es un caos de luz y de tinieblas; la mujer, una amalgama de perjurios y ternura; el hombre un abismo de grandeza y pequeñez; la vida, en fin, puede compararse a una larga cadena con eslabones de hierro y de oro.
II
El mundo es un absurdo animado que rueda en el vacío para asombro de sus habitantes.
No busquéis su explicación en los Vedas, testimonios de las locuras de nuestros mayores, ni en los Puranas, donde vestidos con las deslumbradoras galas de la poesía, se acumulan disparates sobre disparates acerca de su origen.
Oíd la historia de la creación tal como fue revelada a un piadoso brahmín, después de pasar tres meses en ayunas, inmóvil en la contemplación de sí mismo, y con los índices levantados hacia el firmamento.
III
Brahma es el punto de la circunferencia; de él parte y a él converge todo. No
tuvo principio ni tendrá fin. Cuando no existían ni el espacio ni el tiempo, la Maya flotaba a su alrededor como una niebla confusa, pues absorto en la contemplación de sí mismo, aún no la había fecundado con sus deseos.
Como todo cansa, Brahma se cansó de contemplarse, y levantó los ojos de una de sus cuatro caras y se encontró consigo mismo, y abrió airado los de otra y tornó a verse, porque él lo ocupaba todo, y todo era él.
La mujer hermosa, cuando pule el acero y contempla su imagen, se deleita en sí misma; pero al cabo busca otros ojos donde fijar los suyos, y si no los encuentra, se aburre.
Brahma no es vano como la mujer, porque es perfecto. Figuraos si se aburriría de hallarse solo, solo en medio de la eternidad y con cuatro pares de ojos para verse.
IV
Brahma deseó por primera vez, y su deseo, fecundando la creadora Maya que lo
envolvía, hizo brotar de su seno millones de puntos de luz, semejantes a esos
átomos microscópicos y encendidos que nadan en el rayo de sol que penetra por
entre la copa de los árboles. Aquel polvo de oro llenó el vacío, y al agitarse produjo miríadas de seres destinados a entonar himnos de gloria a su criador.
Los gandharvas, o cantores celestes, con sus rostros hermosísimos, sus alas de mil colores, sus carcajadas sonoras y sus juegos infantiles, arrancaron a Brahma la primera sonrisa, y de ella brotó el Edén. El Edén con sus ocho círculos, las tortugas y los elefantes que los sostienen, y su santuario en la cúspide.
V
Los chiquillos fueron siempre chiquillos: bulliciosos, traviesos e incorregibles,
comienzan por hacer gracia, una hora después aturden, y concluyen por fastidiar.
Una cosa muy parecida debió de acontecerle a Brahma, cuando apeándose del gigantesco
cisne, que como un corcel de nieve lo paseaba por el ciclo, dejó aquella turbamulta
de gandharvas en los círculos inferiores, y se retiró al fondo de su
santuario. Allí, donde no llega ni un eco perdido, ni se percibe el rumor más leve, donde reina el augusto silencio de la soledad, y su profunda calma convida a las meditaciones, Brahma, buscando una distracción con que matar su eterno fastidio, después de cerrar la puerta con dos vueltas de llave, entregose a la alquimia.
VI
Los sabios de la tierra qué pasan su vida encorvados sobre antiguos pergaminos,
que se rodean de mil objetos misteriosos y conocen las extrañas propiedades
de las piedras preciosas, los metales y las palabras cabalísticas, hacen por
medio de esta ciencia transformaciones increíbles. El carbón lo convierten en
diamante, la arcilla en oro, descomponen el agua y el aire, analizan la llama,
y arrancan al fuego el secreto de la vitalidad y la luz. Si todo esto consigue un mortal miserable con el reflejo de su saber, figuraos por un instante lo que haría Brahma, que es el principio de toda ciencia.
VII
De un golpe creó los cuatro elementos, y creó también a sus guardianes. Agni,
que es el espíritu de las llamas, Vayu, que aúlla montado en el huracán;
Varuna, que se levuelve en los abismos del Océano; y Prithivi,
que conoce todas las cavernas subterráneas de los mundos, y vive en el seno
de la creación. Después encerró en redomas transparentes y de una materia nunca vista gérmenes de cosas inmateriales e intangibles, pasiones, deseos, facultades, virtudes, principios de dolor y de gozo de muerte y de vida, de bien y de mal. Y todo lo subdividió en especies, y lo clasificó con diligencia exquisita poniéndole un rótulo escrito a cada una de las redomas.
VIII
La turba de rapaces que ensordecía en tanto con sus voces y sus ruidosos juegos
los círculos inferiores del Paraíso, echó de ver la falta de su señor. -¿Dónde
estará? -exclamaban los unos-. ¿Qué hará? -decían entre sí los otros-; y no
eran parte a disminuir el afán de los curiosos las columnas de negro humo que
veían salir en espirales inmensas del laboratorio de Brahma, ni los globos de
fuego que desde el mismo punto se lanzaba volteando al vacío, y allí giraban
como en una ronda luminosa y magnífica.
IX
La imaginación de los muchachos
es un corcel, y la curiosidad la espuela que lo aguijonea y lo arrastra a través
de los proyectos más imposibles. Movidos por ella los microscópicos cantores,
comenzaron a trepar por las piernas de los elefantes que sustentan los círculos
del ciclo, y de uno en otro se encaramaron hasta el misterioso recinto, dónde
Brahma permanecía aún, absorto en sus especulaciones científicas.
Una vez en la cúspide, los más atrevidos se agruparon alrededor de la puerta,
y uno por el ojo de la llave, y otros por entre las rendijas y claros de los
mal unidos tableros, penetraron con la mirada en el inmenso laboratorio, objeto
de su curiosidad. El espectáculo que se ofreció a sus ojos, no pudo menos de sorprenderles.
X
Allí había diseminadas, sin orden ni concierto, vasijas y redomas colosales
de todas hechuras y colores. Esqueletos de mundos, embriones de astros y fragmentos
de lunas yacían confundidos con hombres a medio modelar, proyectos de animales
monstruosos sin concluir, pergaminos oscuros, libros en folio e instrumentos
extraños. Las paredes estaban llenas de figuras geométricas, signos cabalísticos
y fórmulas mágicas, y en medio del aposento, en una gigantesca marmita colocada
sobre una lumbre inextinguible, hervían, con un ruido sordo, mil y mil ingredientes
sin nombre, de cuya sabia combinación habían de resultar las creaciones perfectas.
XI
Brahma, a quien apenas bastaban sus ocho brazos y sus diez y seis manos para
tapar y destapar vasijas agitar líquidos y remover mixturas, tomaba algunas
veces un gran canuto, a manera de cerbatana, y así como los chiquillos hacen
pompas de jabón valiéndose de las cañas del trigo seco, lo sumergía en el licor,
se inclinaba después sobre los abismos del cielo, y soplaba en la una punta,
apareciendo en la otra un globo candente que al lanzarse comenzaba a girar sobre
sí mismo y al compás de los otros que ya flotaban en el espacio.
XII
Inclinado sobre el abismo sin fondo, el creador los seguía con una mirada satisfecha,
y aquellos mundos luminosos y perfectos, poblados de seres felices y hermosísimos
sobre toda ponderación, que son esos astros que, semejantes a los soles, vemos
aún en las noches serenas, entonaban un himno de alegría a su Dios, girando
sobre sus ejes de diamante y oro con una cadencia majestuosa y solemne. Los pequeñuelos gandharvas, sin atreverse ni aun a respirar, se miraban espantados entre sí, llenos de estupor y miedo ante aquel espectáculo grandioso.
XIII
Cansose Brahma de hacer experimentos, y abandonando el laboratorio, no sin haberle
echado, al salir, la llave y guardándola en el bolsillo, tornó a montar sobre
su cisne con el objeto de tomar aire. Pero ¡cuál no sería su preocupación cuando
él, que todo lo ve y todo lo sabe, no advirtió que, abstraído en sus ideas,
había echado la llave en falso! No le pasó lo mismo a la inquieta turba de rapaces,
que, notando el descuido, le siguieron a larga distancia con la vista, y cuando
se creyeron solos, uno empuja poquito a poco la puerta, éste asoma la cabeza,
aquél adelanta un pie, e invaden todos, por fin, el laboratorio, tardando muy
poco en encontrarse en él como en su casa.
XIV
Pintar la escena que entonces se verificó en aquel recinto sería imposible.
Primeramente examinaron todos los objetos con el mayor asombro, luego se atrevieron a tocarlos, y al fin terminaron por no dejar títere con cabeza. Echaron pergaminos en la lumbre para que sirvieran de pasto a las llamas: destaparon las redomas, no sin quebrar algunas; removieron las vasijas, derramando su contenido, y después de oler, probar y revolverlo todo, los unos se colgaban de los soles y estrellas aún no concluidos y pendientes de las bóvedas para secarse; los otros se subían por las osamentas de los gigantescos animales, cuyas formas no habían agradado al Señor. Y arrancaron las hojas de los libros para hacer mitras de papel, y se coloraron los compases entre las piernas, a guisa de caballo, y rompieron las varas de virtudes misteriosas, alanceándose con ellas.
Por último, cansados de enredar, decidieron hacer un mundo tal y como lo habían visto hacer.
XV
Aquí comenzó el gran bullicio, la confusión y las carcajadas. La marmita estaba
candente. Llegó el uno, vertió un líquido en ella, y se levantó una columna
de humo. Luego vino otro, arrojó sobre aquél un elixir misterioso que contenía
una redoma, con la que llegó casi sin aliento hasta el borde del receptáculo;
tan grande era la vasija y tan rapazuelo su conductor. A cada nuevo ingrediente
que arrojaban en la marmita, se elevaban en su fondo llamaradas azules y rojas,
que saludaba la alegre muchedumbre con gritos de júbilo y risotadas interminables.
XVI
Allí mezclaron y confundieron todos los elementos del bien y del mal, el dolor
y la alegría, la fealdad y la hermosura, la abnegación y el egoísmo, los gérmenes
del hielo destinados a mundos hechos de manera que el frío causase una fruición
deleitosa en sus habitadores, y los del calor compuestos para globos cuyos seres
se habían de gozar en las llamas; y revolvieron los principios de la divinidad,
el espíritu con la grosera materia, la arcilla y el fango, confundiendo en un
mismo brebaje la impotencia y los deseos, la grandeza y la pequeñez, la vida
y la muerte. Aquellos elementos tan contrarios rabiaban al verse juntos en el fondo de la marmita.
XVII
Hecha la operación, uno de ellos
se arrancó una pluma de las alas, le cortó las barbas con los dientes y, mojando
lo restante en el líquido, fue a inclinarse sobre el abismo sin fondo, y sopló,
y apareció un mundo. Un mundo deforme, raquítico, oscuro, aplastado por los
polos, que volteaba de medio ganchete, con montañas de nieve y arenales encendidos,
con fuego en las entrañas y océanos en la superficie, con una humanidad frágil
y presuntuosa, con aspiraciones de Dios y flaquezas de barro. El principio de
muerte, destruyendo cuanto existe, y el principio de vida con conatos de eternidad,
reconstruyéndolo con sus mismos despojos; un mundo disparatado, absurdo, inconcebible;
nuestro mundo, en fin.
Los chiquillos que lo habían formado, al mirarle rodar en el vacío de un modo
tan grotesco, lo saludaron con una inmensa carcajada, que resonó en los ocho
círculos del Edén.
XVIII
Brahma, al escuchar aquel ruido, volvió en sí y vio cuanto pasaba, y lo comprendió
todo. La indignación llameó en sus pupilas; su airado acento atronó el cielo
y amedrantó a la turba de muchachos, que huyó sobrecogida y dispersa a puntapiés;
y ya tenía levantada la mano sobre aquella deforme creación para destruirla;
ya el solo amago había producido en ella esa gran catástrofe que aún recordamos
con el nombre del diluvio, ruando uno de los gandharvas, el más travieso,
pero el más mono, se arrojó a sus plantas diciendo entre sollozos: -¡Señor,
Señor, no nos rompas nuestro juguete!
XIX
Brahma es grave, porque es Dios, y, sin embargo, tuvo que hacer un gran esfuerzo
al oír estas palabras para no dejar reventar la risa que le retozaba en los
ojos. Al cabo, reponiéndose, exclamó: -Id, turba desalmada e incorregible, marchaos
donde no os vea más, con vuestra deforme criatura. Ese mundo no debe, no puede
existir, porque en él hasta los átomos pelean con los átomos; pero marchad,
os respeto; mi esperanza es que en poder vuestro no durará mucho. Dijo Brahma, y los chiquillos, dándose empellones y riéndose descompasadamente y arrojando gritos descomunales, se lanzaron en pos de nuestro globo, y éste le da por aquí, el otro le hurga por allá... Desde entonces ruedan con él por el ciclo, para asombro de los otros mundos y desesperación de sus habitantes.
Por fortuna nuestra, Brahma lo dijo, y sucederá, así. Nada hay más delicado ni más temible que las manos de los chiquillos: en ellas el juguete no puede durar mucho.
November 01, 2017
La Rosa de Pasión
| (Photo credit: ClaraDon) |
La rosa de pasión
Una tarde de verano, y en un jardín
de Toledo, me refirió esta singular historia una muchacha muy buena y muy bonita.
Mientras me explicaba el misterio de su forma especial, besaba las hojas y los
pistilos que iba arrancando uno a uno de la flor que da a su nombre esta leyenda.
Si yo la pudiera referir con el suave encanto y la tierna sencillez que tenía en su boca, os conmovería como a mí me conmovió la historia de la infeliz Sara.
Ya que esto no es posible, ahí va lo que de esa tradición se me acuerda en este instante.
I
En una de las callejas más oscuras y tortuosas de la ciudad imperial, empotrada
y casi escondida entre la alta torre morisca de una antigua parroquia muzárabe
y los sombríos y blasonados muros de una casa solariega, tenía hace muchos años
su habitación raquítica, tenebrosa y miserable como su dueño, un judío llamado
Daniel Leví. Era este judío rencoroso y vengativo como todos los de su raza, pero más que ninguno engañador e hipócrita.
Dueño, según los rumores del vulgo, de una inmensa fortuna, veíasele, no obstante, todo el día acurrucado en el sombrío portal de su vivienda, componiendo y aderezando cadenillas de metal, cintos viejos o guarniciones rotas, con las que traía un gran tráfico entre los truhanes del Zocodover las revendedoras del Postigo y los escuderos pobres.
Aborrecedor implacable de los cristianos y de cuanto a ellos pudiera pertenecer, jamás pasó junto a un caballero principal o un canónigo de la primada sin quitarse una y hasta diez veces el mugriento bonetillo que cubría su cabeza calva y amarillenta, ni acogió en su tenducho a uno de sus habituales parroquianos sin agobiarle a fuerza de humildes salutaciones acompañadas de aduladoras sonrisas.
La sonrisa de Daniel había llegado a hacerse proverbial en toda Toledo, y su mansedumbre a prueba de las jugarretas más pesadas y las burlas y rechiflas de sus vecinos, no conocía límites.
Inútilmente los muchachos, para desesperarte, tiraban piedras a su tugurio; en vano los pajecillos y hasta los hombres de armas del próximo palacio pretendían aburrirle con los nombres más injuriosos o las viejas devotas de la feligresía se santiguaban al pasar por el dintel de su puerta como si viesen al mismo Lucifer en persona. Daniel sonreía eternamente con una sonrisa extraña e indescriptible. Sus labios delgados y hundidos se dilataban a la sombra de su nariz desmesurada y corva como el pico de un aguilucho; y aunque de sus ojos pequeños, verdes, redondos y casi ocultos entre las espesas cejas brotaba una chispa de mal reprimida cólera, seguía impasible golpeando con su martillito de hierro el yunque donde aderezaba las mil baratijas mohosas y, al parecer, sin aplicación alguna de que se componía su tráfico.
Sobre la puerta de la casucha del judío y dentro de un marco de azulejos de vivos colores, se abría un ajimez árabe, resto de las antiguas construcciones de los moros toledanos. Alrededor de las caladas franjas del ajimez, y enredándose por la columnilla de mármol que lo partía en dos huecos iguales, subía desde el interior de la vivienda una de esas plantas trepadoras que se mecen verdes y llenas de savia y lozanía sobre los ennegrecidos muros de los edificios ruinosos.
En la parte de la casa que recibía una dudosa luz por los estrechos vanos de aquel ajimez, único abierto en el musgoso y grieteado paredón de la calleja, habitaba Sara, la hija predilecta de Daniel.
Cuando los vecinos del barrio pasaban por delante de la tienda del judío y veían por casualidad a Sara tras de las celosías de su ajimez morisco y a Daniel acurrucado junto a su yunque, exclamaban en alta voz admirados de las perfecciones de la hebrea: -¡Parece mentira que tan ruin tronco haya dado de sí tan hermoso vástago!
Porque, en efecto, Sara era un prodigio de belleza. Tenía los ojos grandes y rodeados de un sombrío cerco de pestañas negras, en cuyo fondo brillaba el punto de luz de su ardiente pupila, como una estrella en el ciclo de una noche oscura. Sus labios, encendidos y rojos, parecían recortados hábilmente de un paño de púrpura por las invisibles manos de una hada. Su tez blanca, pálida y transparente como el alabastro de la estatua de un sepulcro. Contaba apenas diez y seis años, y ya se veía grabada en su rostro esa dulce tristeza de las inteligencias precoces y ya hinchaban su seno y se escapaban de su boca esos suspiros que anuncian el vago despertar del deseo.
Los judíos más poderosos de la ciudad, prendados de su maravillosa hermosura, la habían solicitado para esposa; pero la hebrea, insensible a los homenajes de sus adoradores y a los consejos de su padre, que la instaba para que eligiese un compañero antes de quedar sola en el mundo, se mantenía encerrada en un profundo silencio, sin dar más razón de su extraña conducta que el capricho de permanecer libre. Al fin un día, cansado de sufrir los desdenes de Sara y sospechando que su eterna tristeza era indicio cierto de que su corazón abrigaba algún secreto importante, uno de sus adoradores se acercó a Daniel y le dijo:
-¿Sabes, Daniel, que entre nuestros hermanos se murmura de tu hija?
El judío levantó un instante los
ojos de su yunque, suspendió su continuo martilleo y, sin mostrar la menor emoción,
preguntó a su interpelante:
-¿Y qué dicen de ella? -Dicen -prosiguió su interlocutor-, dicen... qué sé yo... muchas cosas... Entre otras, que tu hija está enamorada de un cristiano...-Al llegar a este punto, el desdeñado amante de Sara se detuvo para ver el efecto que sus palabras hacían en Daniel.
Daniel levantó de nuevo sus ojos, le miró un rato fijamente sin decir palabra, y bajando otra vez la vista para seguir su interrumpida tarea, exclamó:
-¿Y quien dice que eso no es una calumnia?
-Quien los ha visto conversar más de una vez en esta misma calle, mientras tú asistes al oculto sanedrín de nuestros rabinos -insistió el joven hebreo admirado de que sus sospechas primero y después sus afirmaciones no hiciesen mella en el ánimo de Daniel.
Éste, sin abandonar su ocupación, fija la mirada en el yunque, sobre el que después de dejar a un lado el martillo se ocupaba en bruñir el broche de metal de una guarnición con una pequeña lima, comenzó a hablar en voz baja y entrecortada, como si maquinalmente fuese repitiendo su labio las ideas que cruzaban por su mente.
-¡Je! ¡je! ¡je! -decía riéndose de una manera extraña y diabólica-. ¿Conque a mi Sara, al orgullo de la tribu, el báculo en que se apoya mi vejez, piensa arrebatármela un perro cristiano?... ¿Y vosotros creéis que lo hará? ¡Je! ¡je! -continuaba siempre hablando para sí y siempre riéndose, mientras la lima chirriaba cada vez con más fuerza, mordiendo el metal con sus dientes de acero-. ¡Je! ¡Je! Pobre Daniel, dirán los míos, ¡ya chochea! ¿Para qué quiere ese viejo moribundo y decrépito esa hija tan hermosa y tan joven, si no sabe guardarla de los codiciosos ojos de nuestros enemigos?... ¡Je! ¡je! ¡je! ¿Crees tú por ventura que Daniel duerme? ¿Crees tú por ventura que si mi hija tiene un amante... que bien puede ser, y ese amante es cristiano y procura seducirla, y la seduce, que todo es posible, y proyecta huir con ella, que también es fácil, y huye mañana, por ejemplo, lo cual cabe dentro de lo humano, crees tú que Daniel se dejará así arrebatar su tesoro, crees tú que no sabrá vengarse?
-Pero -exclamó interrumpiéndole el joven-, ¿sabéis acaso?...
-Sé -dijo Daniel levantándose y dándole un golpecito en la espalda-, sé más que tú, que nada sabes ni nada sabrías si no hubiese llegado la hora de decirlo todo... Adiós; avisa a nuestros hermanos para que cuanto antes se reúnan. Esta noche, dentro de una o dos horas, yo estaré con ellos. ¡Adiós!
Y esto diciendo, Daniel empujó suavemente a su interlocutor hacia la calle, recogió sus trabajos muy despacio y comenzó a cerrar con dobles cerrojos y aldabas la puerta de la tiendecilla.
El ruido que produjo ésta al encajarse rechinando sobre sus premiosos goznes, impidió al que se alejaba oír el rumor de las celosías del ajimez que en aquel punto cayeron de golpe, como si la judía acabara de retirarse de su alféizar.
II
Era noche de Viernes Santo, y los habitantes de Toledo, después de haber asistido
a las tinieblas en su magnífica catedral, acababan de entregarse al sueño, o
referían al amor de la lumbre consejas parecidas a la del Cristo de la Luz,
que robado por unos judíos, dejó un rastro de sangre por el cual se descubrió
el crimen, o la historia del Santo Niño de la Guarda, en quien los implacables
enemigos de nuestra fe renovaron la cruel Pasión de Jesús. Reinaba en la ciudad
un silencio profundo: interrumpido a intervalos, ya por las lejanas voces de
los guardias nocturnos que en aquella época velaban en derredor del alcázar,
ya por los gemidos del viento que hacía girar las veletas de las torres o zumbaba
entre las torcidas revueltas de las calles, cuando el dueño de un barquichuelo
que se mecía amarrado a un poste cerca de los molinos, que parecen como incrustados
al pie de las rocas que baña el Tajo y sobre las que se asienta la ciudad, vio
aproximarse a la orilla, bajando trabajosamente por uno de los estrechos senderos
que desde lo alto de los muros conducen al río, a una persona a quien al parecer
aguardaba con impaciencia. -¡Ella es! -murmuró entre dientes el barquero-. ¡No parece sino que esta noche anda revuelta toda esa endiablada raza de judíos!... ¿Dónde diantres se tendrán dada cita con Satanás, qué todos acuden a mi barca teniendo tan cerca el puente?... No, no irán a nada bueno, cuando así evitan toparse de manos a boca con los hombres de armas de San Servando...; pero, en fin, ello es que me dan buenos dineros a ganar, y a su alma su palma, que yo en nada entro ni salgo.
Esto diciendo el buen hombre, sentándose en su barca aparejó los remos, y cuando Sara, que no era otra la persona a quien al parecer había aguardado hasta entonces, hubo saltado al barquichuelo, soltó la amarra que lo sujetaba y comenzó a bogar en dirección a la orilla opuesta.
-¿Cuántos han pasado esta noche? -preguntó Sara al barquero apenas se hubieron alejado de los molinos y como refiriéndose a algo de que ya habían tratado anteriormente.
-Ni los he podido contar -respondió el interpelado-; ¡un enjambre! Parece que esta noche será la última que se reúnen.
-¿Y sabes de qué tratan y con qué objeto abandonan la ciudad a estas horas?
-Lo ignoro...; pero ello es que aguardan a alguien que debe de llegar esta noche... Yo no sé para qué le aguardarán, aunque presumo que para nada bueno.
Después de este breve diálogo, Sara
se mantuvo algunos instantes sumida en un profundo silencio y como tratando
de coordinar sus ideas. -No hay duda -pensaba entre sí-; mi padre ha sorprendido
nuestro amor y prepara alguna venganza horrible. Es preciso que yo sepa adónde
van, qué hacen, qué intentan. Un momento de vacilación podría perderle.
Cuando Sara se puso un instante de pie, y como para alejar las horribles dudas
que la preocupaban se pasó la mano por la frente, que la angustia había cubierto
de un sudor glacial, la barca tocaba a la orilla opuesta. -Buen hombre -exclamó la hermosa hebrea arrojando algunas monedas a su conductor y señalando un camino estrecho y tortuoso que subía serpenteando por entre las rocas-, ¿es ese el camino que siguen?
-Ese es, y cuando llegan a la Cabeza del Moro desaparecen por la izquierda. Después el diablo y ellos sabrán adónde se dirigen -respondió el barquero.
Sara se alejó en la dirección que éste le había indicado. Durante algunos minutos se le vio aparecer y desaparecer alternativamente entre aquel oscuro laberinto de rocas oscuras y cortadas a pico: después, y cuando hubo llegado a la cima llamada la Cabeza del Moro, su negra silueta se dibujó un instante sobre el fondo azul del cielo, y por último desapareció entre las sombras de la noche.
III
Siguiendo el camino donde hoy se encuentra la pintoresca ermita de la Virgen
del Valle, y como a dos tiros de ballesta del picacho que el vulgo conoce en
Toledo por la Cabeza del Moro, existían, aún en aquella época los ruinosos
restos de una iglesia bizantina, anterior a la conquista de los árabes. En el atrio que dibujaban algunos pedruscos diseminados por el suelo, crecían zarzales y hierbas parásitas, entre los que yacían medio ocultos, ya el destrozado capitel de una columna, ya un sillar groseramente esculpido con hojas entrelazadas, endriagos horribles y grotescos, e informes figuras humanas. Del templo sólo quedaban en pie los muros laterales y algunos arcos rotos y cubiertos de hiedra.
Sara, a quien parecía guiar un sobrenatural presentimiento, al llegar al punto que le había señalado su conductor, vaciló algunos instantes, indecisa acerca del camino que debía seguir; pero, por último, se dirigió con paso firme y resuelto hacia las abandonadas ruinas de la iglesia.
En efecto, su instinto no la había engañado. Daniel, que ya no sonreía. Daniel, que no era ya el viejo débil y humilde, sino que antes bien, despidiendo cólera de sus pequeños y redondos ojos, parecía animado del espíritu de la venganza, rodeado de una multitud como él, ávida de saciar su sed de odio en uno de los enemigos de su religión, estaba allí y parecía multiplicarse dando órdenes a los unos, animando en el trabajo a los otros, disponiendo, en fin, con una horrible solicitud los aprestos necesarios para la consumación de la espantosa obra que había estado meditando días y días mientras golpeaba impasible el yunque en su covacha de Toledo.
Sara, que a favor de la oscuridad había logrado llegar hasta el atrio de la iglesia, tuvo que hacer un esfuerzo para no arrojar un grito de horror al penetrar en su interior con la mirada. Al rojizo resplandor de una fogata que proyectaba la forma de aquel círculo infernal en los muros del templo, había creído ver que algunos hacían esfuerzos por levantar en alto una pesada cruz, mientras otros tejían una corona con las ramas de los zarzales o aplastaban sobre una piedra las puntas de los enormes clavos de hierro. Una idea espantosa cruzó por su mente; recordó que a los de su raza los habían acusado más de una vez de misteriosos crímenes; recordó vagamente la aterradora historia del Niño Crucificado, que ella hasta entonces había creído una grosera calumnia, inventada por el vulgo para apostrofar y zaherir a los hebreos.
Pero ya no le cabía duda alguna; allí, delante de sus ojos, estaban aquellos horribles instrumentos de martirio, y los feroces verdugos sólo aguardaban la víctima.
Sara, llena de una santa indignación, rebosando en generosa ira y animada de esa fe inquebrantable en el verdadero Dios que su amante le había revelado, no pudo contenerse a la vista de aquel espectáculo, y rompiendo por entre la maleza que la ocultaba, presentose de improviso en el dintel del templo.
Al verla aparecer, los judíos arrojaron un grito de sorpresa; y Daniel, dando un paso hacia su hija en ademán amenazante, le preguntó con voz ronca: -¿Qué buscas aquí, desdichada?
-Vengo a arrojar sobre vuestras frentes -dijo Sara con voz firme y resuelta- todo el baldón de vuestra infame obra, y vengo a deciros que en vano esperáis la víctima para el sacrificio, si ya no es que intentáis cebar en mí vuestra sed de sangre; porque el cristiano a quien aguardáis no vendrá, porque yo le he prevenido de vuestras asechanzas.
-¡Sara! -exclamó el judío rugiendo de cólera-, Sara, eso no es verdad; tú no puedes habernos hecho traición hasta el punto de revelar nuestros misteriosos ritos; y si es verdad que los has revelado, tú no eres mi hija...
-No; ya no lo soy: he encontrado otro padre, un padre todo amor para los suyos, un padre a quien vosotros enclavasteis en una afrentosa cruz, y que murió en ella por redimirnos, abriéndonos para una eternidad las puertas del cielo. No; ya no soy vuestra hija, porque soy cristiana y me avergüenzo de mi origen.
Al oír estas palabras, pronunciadas con esa enérgica entereza que sólo pone el cielo en boca de los mártires, Daniel, ciego de furor, se arrojó sobre la hermosa hebrea, y derribándola en tierra y asiéndola por los cabellos, la arrastró como poseído de un espíritu infernal hasta el pie de la Cruz, que parecía abrir sus descarnados brazos para recibirla, exclamando al dirigirse a los que les rodeaban:
-Ahí os la entrego; haced vosotros
justicia de esa infame, que ha vendido su honra, su religión y a sus hermanos.
IV
Al día siguiente, cuando las campanas de la catedral atronaban los aires tocando
a gloria, y los honrados vecinos de Toledo se entretenían en tirar ballestazos
a los judas de paja, ni más ni menos que como todavía lo hacen en algunas de
nuestras poblaciones, Daniel abrió la puerta de su tenducho, como tenía de costumbre,
y con su eterna sonrisa en los labios comenzó a saludar a los que pasaban, sin
dejar por eso de golpear en el yunque con su martillito de hierro; pero las
celosías del morisco ajimez de Sara no volvieron a abrirse, ni nadie vio más
a la hermosa hebrea recostada en su alféizar de azulejos de colores. Cuentan que algunos años después un pastor trajo al arzobispo una flor hasta entonces nunca vista, en la cual se veían figurados todos los atributos del martirio del Salvador; flor extraña y misteriosa que había crecido y enredado sus tallos por entre los ruinosos muros de la derruida iglesia.
Cavando en aquel lugar y tratando de inquirir el origen de aquella maravilla, añaden que se hallo el esqueleto de una mujer, y enterrados con ella otros tantos atributos divinos como la flor tenía.
El cadáver, aunque nunca se pudo averiguar de quién era, se conservó por largos años con veneración especial en la ermita de San Pedro el Verde, y la flor, que hoy se ha hecho bastante común, se llama Rosa de Pasión.
November 01, 2016
La ajorca de oro
Otro 1 de Noviembre, otra de las leyendas de Bécquer. Este año es:
La ajorca de oro
IElla era hermosa, hermosa con esa hermosura que inspira el vértigo; hermosa con esa hermosura que no se parece en nada a la que soñamos en los ángeles, que, sin embargo, es sobrenatural; hermosura diabólica, que tal vez presta el demonio a algunos seres para hacerlos sus instrumentos en la tierra.
Él la amaba; la amaba con ese amor que no conoce freno ni límites; la amaba con ese amor en que se busca un goce y sólo se encuentran martirios; amor que se asemeja a la felicidad, y que, no obstante, parece infundir el cielo para la expiación de una culpa.
Ella era caprichosa, caprichosa: y extravagante como todas las mujeres del mundo.
Él, supersticioso, supersticioso y valiente, como todos los hombres de su época.
Ella se llamaba María Antúnez.
Él, Pedro Alfonso de Orellana.
Los dos eran toledanos, y los dos vivían en la misma ciudad que los vio nacer.
La tradición que refiere esta maravillosa historia, acaecida hace muchos años, no dice nada más acerca de los personajes que fueron sus héroes.
Yo, en mi calidad de cronista verídico, no añadiré ni una sola palabra de mi cosecha para caracterizarlos mejor.
IIÉl la encontró un día llorando y le preguntó:
-¿Porqué lloras?
Ella se enjugó los ojos, le miró fijamente, arrojó un suspiro y volvió a llorar.
Pedro entonces, acercándose a María, le tomó una mano, apoyó el codo en el pretil árabe desde donde la hermosa miraba pasar la corriente del río, y tornó a decirle: -¿Por qué lloras?
El Tajo se retorcía gimiendo al pie del mirador entre las rocas sobre que se asienta la ciudad imperial. El sol trasponía los montes vecinos, la niebla de la tarde flotaba como un velo de gasa azul, y sólo el monótono ruido del agua
interrumpía el alto silencio.María exclamó: -No me preguntes por qué lloro, no me lo preguntes: pues ni yo sabré contestarte, ni tú comprenderme. Hay deseos que se ahogan en nuestra alma de mujer, sin que los revele más que un suspiro; ideas locas que cruzan por nuestra imaginación, sin que ose formularlas el labio; fenómenos incomprensibles de nuestra naturaleza misteriosa, que el hombre no puede ni aún concebir. Te lo ruego, no me preguntes la causa de mi dolor; si te la revelase, acaso te arrancaría una carcajada.
Cuando estas palabras expiraron, ella tornó a inclinar la frente y él a reiterar sus preguntas.
La hermosa, rompiendo al fin su obstinado silencio, dijo a su amante con voz sorda y entrecortada:
-Tú lo quieres, es una locura que te hará reír; pero no importa: te lo diré, puesto que lo deseas.
Ayer estuve en el templo. Se celebraba la fiesta de la Virgen; su imagen, colocada en el altar mayor sobre un escabel de oro, resplandecía como un ascua de fuego; las notas del órgano temblaban dilatándose de eco en eco por el ámbito de la iglesia, y en el coro los sacerdotes entonaban el Salve, Regina.
Yo rezaba, rezaba absorta en mis pensamientos religiosos, cuando maquinalmente levanté la cabeza y mi vista se dirigió al altar. No sé por qué mis ojos se fijaron desde luego en la imagen; digo mal, en la imagen no: se fijaron en un objeto que hasta entonces no había visto, un objeto que, sin poder explicármelo, llamaba sobre sí toda mi atención... No te rías... aquel objeto era la ajorca de oro que tiene la Madre de Dios en uno de los brazos en que descansa su divino Hijo... Yo aparté la vista y torné a rezar... ¡Imposible! Mis ojos se volvían involuntariamente al mismo punto. Las luces del altar, reflejándose en las mil facetas de sus diamantes, se reproducían de una manera prodigiosa. Millones de chispas de luz rojas y azules, verdes y amarillas, volteaban alrededor de las piedras como un torbellino de átomos de fuego, como una vertiginosa ronda de esos espíritus de llamas que fascinan con su brillo y su increíble inquietud...
Salí del templo, vine a casa, pero vine con aquella idea fija en la imaginación. Me acosté para dormir; no pude... Pasó la noche, eterna con aquel pensamiento... Al amanecer se cerraron mis párpados, y, ¿lo creerás?, aún en el sueño veía cruzar, perderse y tornar de nuevo una mujer, una mujer morena y hermosa, que llevaba la joya de oro y de pedrería; una mujer, sí, porque ya no era la Virgen que yo adoro y ante quien me humillo; era una mujer, otra mujer como yo, que me miraba y se reía mofándose de mí. -¿La ves? -parecía decirme, mostrándome la joya-. ¡Cómo brilla! Parece un círculo de estrellas arrancadas del cielo de una noche de verano. ¿La ves? Pues no es tuya, no lo será nunca, nunca... Tendrás acaso otras mejores, más ricas, si es posible; pero ésta, ésta, que resplandece de un modo tan fantástico, tan fascinador... nunca... nunca... Desperté; pero con la misma idea fija aquí, entonces como ahora semejante a un clavo ardiendo, diabólica, incontrastable, inspirada sin duda por el mismo Satanás... ¿Y qué?... Callas, callas y doblas la frente... ¿No te hace reír mi locura?
Pedro, con un movimiento convulsivo, oprimió el puño de su espada, levantó la cabeza, que en efecto había inclinado, y dijo con voz sorda:
-¿Qué Virgen tiene esa presea?
-¡La del Sagrario! -murmuró María.
-¡La del Sagrario! -repitió el joven con acento de terror-: ¡la del Sagrario de la Catedral!... Y en sus facciones se retrató un instante el estado de su alma, espantada en una idea.
¡Ah! ¿por qué no la posee otra Virgen? -prosiguió con acento enérgico y apasionado-; ¿por qué no la tiene el arzobispo en su mitra, el rey en su corona o el diablo entre sus garras? Yo se la arrancaría para ti, aunque me costase la vida o la condenación. Pero a la Virgen del Sagrario, a nuestra Santa Patrona, yo... yo que he nacido en Toledo, ¡imposible, imposible!
-¡Nunca! -murmuró María con voz casi imperceptible-; ¡nunca!
Y siguió llorando.
Pedro fijó una mirada estúpida en la corriente del río. En la corriente, que pasaba y pasaba sin cesar ante sus extraviados ojos, quebrándose al pie del mirador entre las rocas sobre que se asienta la ciudad imperial.
III¡La catedral de Toledo! Figuraos un bosque de gigantes palmeras de granito que al entrelazar sus ramas forman una bóveda colosal y magnífica, bajo la que se guarece y vive, con la vida que le ha prestado el genio, toda una creación de seres imaginarios y reales.
Figuraos un caos incomprensible de sombra y luz, en donde se mezclan y confunden con las tinieblas de las naves los rayos de colores de las ojivas; donde lucha y se pierde con la oscuridad del santuario el fulgor de las lámparas.
Figuraos un mundo de piedra, inmenso como el espíritu de nuestra religión, sombrío como sus tradiciones, enigmático como sus parábolas, y todavía no tendréis una idea remota de ese eterno monumento del entusiasmo y la fe de nuestros mayores, sobre el que los siglos han derramado a porfía el tesoro de sus creencias, de su inspiración y de sus artes.
En su seno viven el silencio, la majestad, la poesía del misticismo, y un santo horror que defiende sus umbrales contra los pensamientos mundanos y las mezquinas pasiones de la tierra.
La consunción material se alivia respirando el aire puro de las montañas, el ateísmo debe curarse respirando su atmósfera de fe.
Pero si grande, si imponente se presenta la catedral a nuestros ojos a cualquiera hora que se penetra en su recinto misterioso y sagrado, nunca produce una impresión tan profunda como en los días en que despliega todas las galas de su pompa religiosa, en que sus tabernáculos se cubren de oro y pedrería; sus gradas de alfombra y sus pilares de tapices.
Entonces, cuando arden despidiendo un torrente de luz sus mil lámparas de plata; cuando flota en el aire una nube de incienso, y las voces del coro y la armonía de los órganos y las campanas de la torre estremecen el edificio desde sus cimientos más profundos hasta las más altas agujas que lo coronan, entonces es cuando se comprende, al sentirla, la tremenda majestad de Dios que vive en él, y lo anima con su soplo y lo llena con el reflejo de su omnipotencia.
El mismo día en que tuvo lugar la escena que acabamos de referir, se celebraba en la catedral de Toledo el último de la magnífica octava de la Virgen.
La fiesta religiosa había traído a ella una multitud inmensa de fieles; pero ya ésta se había dispersado en todas direcciones, ya se habían apagado las luces de las capillas y del altar mayor, y las colosales puertas del templo habían rechinado sobre sus goznes para cerrarse detrás del último toledano, cuando de entre las sombras, y pálido, tan pálido como la estatua de la tumba en que se apoyó un instante mientras dominaba su emoción, se adelantó un hombre que vino deslizándose con el mayor sigilo hasta la verja del crucero. Allí la claridad de una lámpara permitía distinguir sus facciones.
Era Pedro.
¿Qué había pasado entre los dos amantes para que se arrestara al fin a poner por obra una idea que sólo el concebirla había erizado sus cabellos de horror? Nunca pudo saberse. Pero él estaba allí, y estaba allí para llevar a cabo su criminal propósito. En su mirada inquieta, en el temblor de sus rodillas, en el sudor que corría en anchas gotas por su frente, llevaba escrito su pensamiento.
La catedral estaba sola, completamente sola, y sumergida en un silencio profundo.
No obstante, de cuando en cuando se percibían como unos rumores confusos: chasquidos de madera tal vez, o murmullos del viento, o ¿quién sabe?, acaso ilusión de la fantasía, que oye y ve y palpa en su exaltación lo que no existe; pero la verdad era que ya cerca, ya lejos, ora a sus espaldas, ora a su lado mismo, sonaban como sollozos que se comprimen, como roce de telas que se arrastran, como rumor de pasos que van y vienen sin cesar.
Pedro hizo un esfuerzo para seguir en su camino; llegó a la verja y subió la primera grada de la capilla mayor. Alrededor de esta capilla están las tumbas de los reyes, cuyas imágenes de piedra, con la mano en la empuñadura de la espada, parecen velar noche y día por el santuario, a cuya sombra descansan todos por una eternidad.
-¡Adelante! -murmuró en voz baja, y quiso andar y no pudo. Parecía que sus pies se habían clavado en el pavimento. Bajó los ojos, y sus cabellos se erizaron de horror: el suelo de la capilla lo formaban anchas y oscuras losas sepulcrales.
Por un momento creyó que una mano fría y descarnada le sujetaba en aquel punto con una fuerza invencible. Las moribundas lámparas que brillaban en el fondo de las naves como estrellas perdidas entre las sombras, oscilaron a su vista, y oscilaron las estatuas de los sepulcros y las imágenes del altar, y osciló el templo todo con sus arcadas de granito y sus machones de sillería.
¡Adelante! -volvió a exclamar Pedro como fuera de sí, y se acercó al ara, y trepando por ella, subió hasta el escabel de la imagen. Todo alrededor suyo se revestía de formas quiméricas y horribles; todo era tinieblas y luz dudosa, más imponente aún que la oscuridad. Sólo la Reina de los cielos, suavemente iluminada por una lámpara de oro, parecía sonreír tranquila, bondadosa y serena en medio de tanto horror.
Sin embargo, aquella sonrisa muda e inmóvil que le tranquilizara un instante concluyó por infundirle temor; un temor más extraño, más profundo que el que hasta entonces había sentido.
Tornó empero a dominarse, cerró los ojos para no verla, extendió la mano con un movimiento convulsivo y le arrancó la ajorca de oro, piadosa ofrenda de un santo arzobispo; la ajorca de oro cuyo valor equivalía a una fortuna.
Ya la presea estaba en su poder; sus dedos crispados la oprimían con una fuerza sobrenatural; sólo restaba huir, huir con ella; pero para esto era preciso abrir los ojos, y Pedro tenía miedo de ver, de ver la imagen, de ver los reyes de las sepulturas, los demonios de las cornisas, los endriagos de los capiteles, las fajas de sombras y los rayos de luz que, semejantes a blancos y gigantescos fantasmas, se movían lentamente en el fondo de las naves, pobladas de rumores temerosos y extraños.
Al fin abrió los ojos, tendió una mirada, y un grito agudo se escapó de sus labios.
La catedral estaba llena de estatuas, estatuas que, vestidas con luengos y no vistos ropajes, habían descendido de sus huecos y ocupaban todo el ámbito de la iglesia, y le miraban con sus ojos sin pupila.
Santos, monjas, ángeles, demonios, guerreros, damas, pajes, cenobitas y villanos se rodeaban y confundían en las naves y en el altar. A sus pies oficiaban, en presencia de los reyes, de hinojos sobre sus tumbas, los arzobispos de mármol que él había visto otras veces inmóviles sobre sus lechos mortuorios, mientras que arrastrándose por las losas, trepando por los machones, acurrucados en los doseles, suspendidos de las bóvedas, pululaban, como los gusanos de un inmenso cadáver, todo un mundo de reptiles y alimañas de granito, quiméricos, deformes, horrorosos.
Ya no puedo resistir más. Las sienes le latieron con una violencia espantosa; una nube de sangre oscureció sus pupilas; arrojó un segundo grito, un grito desgarrador y sobrehumano, y cayó desvanecido sobre el ara.Cuando al otro día los dependientes de la iglesia le encontraron al pie del altar, tenía aún la ajorca de oro entre sus manos, y al verlos aproximarse, exclamó con una estridente carcajada:
-¡Suya, suya!
El infeliz estaba loco.
August 06, 2016
Un Mundo Feliz - Aldous Huxley
| First edition cover (Photo credit: Wikipedia) |
Aldous Huxley logró crear un mundo que para mi es una completa pesadilla. No puedo concebir la idea de que exista un mundo donde todas las grandes obras de la literatura hayan desaparecido. o.O
Ok.... luego del pánico que eso me causa continuo.
Es un mundo donde no existe restricciones con las drogas, es más es recomendado a todos que tomen soma para olvidar cualquier problema que tengan. No existe individualidad, no existe la idea de familia pues los bebes son creados en laboratorios y el sexo solo es recreativo. Desde que salen del laboratorio comienzan a aprender, mediante la "hipnopedia" las cosas que deben dar por ciertas, tales como el hecho de que pertenecen a una cierta casta y solo deben realizar aquello para lo que dicha casta está diseñada. Cada casta tiene sus características (por ejemplo los Alfas son altos, inteligentes, atléticos) de ahí que tengan trabajos específicos.
Uno de los personajes que encontramos es Bernard Marx, un Alfa-Plus que es un tanto distinto, no solo físicamente sino también por su forma de pensar. Su mentalidad es un tanto más similar a la nuestra que la de los demás. Tratando de encajar en la sociedad, planea unas vacaciones con Lenina, una de sus compañeras de trabajo, unas vacaciones en una "Reserva Salvaje" que no es más que un área en la que la "civilización" no ha llegado. En la reserva encuentra a Linda, la amiga perdida de su jefe, y a su hijo, John. Ahora, esto lo salva de la posible deportación con la que lo había amenazado si jefe debido su conducta tan inapropiada dentro de la sociedad pues John es hijo del Director.
Linda, que extrañaba su mundo, comienza a pasar cada vez más tiempo bajo la influencia del soma para tratar de olvidar su vida en la reserva, hasta que finalmente muere. El abuso de soma es notado por todos, sin embargo, al único que parece interesarle es a John y no entiende por qué nadie hace nada.
Él cada vez se siente más fuera de lugar. Si, le gusta la tecnología y las comodidades, pero el hecho de que el sexo sea tan común, que hayan orgías en lasa reuniones, el hecho que que muchas de las cosas que aprendió mientras crecía son impensables o vistas como cosas tontas le choca. A pesar de que se enamora de Lenina, el ve el hecho de acostarse con ella sin estar casados como algo erróneo e incluso pecaminoso. Cuando ella lo confronta lo único que logra es que sacarlo de sus casillas. es en medio de esta confrontación que John recibe la noticia de que su madre está agonizando.
luego de la muerte de Linda, John hace un escándalo en el hospital lanzando soma por una ventana lo que hace que lo lleven detenido, no solo a él sino también a Bernard y a otro personaje, Helmholtz Watson quien también tiene problemas aceptando el standart de comportamiento de la sociedad. Helmholtz acepta ser deportado a una isla, John quería ir con él pero no se lo permiten. En vista de esto, se refugia en un faro donde es acosado por periodistas y fans y donde finalmente termina suicidandose.
Pero cuál es el tema principal de Un Mundo Feliz? El más obvio es la identidad , o mejor dicho la falta de ella. Después de todo debemos recordar que el hecho de ser diferentes fue lo que metió en problemas a varios de los personajes. El hecho de no estar de acuerdo con todo lo que les adoctrinan los hizo sentirse diferentes y los hizo buscar la forma de lidiar con eso. Esto nos lleva al siguiente tema que encontré, la soledad.
No tanto la soledad del tipo "nadie me entiende por eso me siento solo" sino del tipo "me siento solo a pesar de estar en medio de una multitud". El hecho de que personajes como Bernard o como John sean tan diferentes a os demás hace que, a pesar de estar junto con más personas, nunca se sientan acompañados. Hace que sientan que no pertenecen a aquel lugar. Es lo que hace que finalmente John no soporte más su vida en aquella sociedad.
July 30, 2016
Todo se desmorona - Chinua Achebe
| Chinua Achebe speaking at Asbury Hall, Buffalo (Photo credit: Wikipedia) |
Publicada en 1958, es una de las primeras novelas de autor africano que ha sido aclamada a nivel mundial. Narra la vida de una tribu, los Igbo, y de como todo su mundo cambió con la colonización europea.
Cabe destacar que este libro lo lei en octubre del año pasado.
A través de los ojos de Okonkwo vemos el día a día de los Igbo, vemos que a pesar de las grandes diferencias con lo que conocemos como "la civilización" puede haber muchas similitudes con nuestra forma de vivir. Tenemos nuestros rituales y protocolos al igual que otras culturas, tenemos ese mismo deseo de dejar atrás todas las cosas negativas de nuestros antepasados y ser mejores cada día y lo más importante, nuestro mundo tal y como lo conocemos puede cambiar repentinamente.
Okonkwo es el líder de su tribu, pero no le fue fácil llegar allí pues su padre no fue el mejor ejemplo a seguir pues para el standart de la tribu era perezoso y cobarde. Desde joven nuestro protagonista ha construido su vida de forma que esta sea el opuesto a la de su padre logrando obtener el respeto de su tribu y una posición prominente dentro de ella. Pero su mundo comienza a cambiar cuando, luego de una muerte accidental, le toca criar a Ikemefuna.
Okonkwo llega a querer a Ikemefuna como a su hijo, Nwoye. Luego de tres años, la tribu decide que Ikemifuna debe morir. Los hombres de la tribu llevan al niño al bosque para cumplir con este sacrificio y Okonkwo los acompaña y cumple su parte sin asomo de emoción. Pero Okonkwo por dentro siente un gran remordimiento que lo llevan a alejarse de Nwoye.
Posteriormente, el mata a un chico, crimen por el que lo exilian durante 7 años de la tribu. Es aquí donde el se entera de la llegada de los hombres blancos. Con estos misioneros llega la introducción del cristianismo y con ella muchos cambios. A medida que los Igbos se convierten van desapareciendo sus costumbres. Al regresar Okonkwo descubre que su hijo se ha convertido al cristianismo pero lo que lo deshereda. Los Igbo intentan dialogar con los misioneros, pero terminan apresando a los lideres de la tribu y piden rescate. mietras reunen el rescate hay sucesos que llevan a Okonwo al suicidio.
Por supuesto, se puede decir que uno de los temas principales es los efectos de la colonización en los pueblos, pero esta novela también nos habla de las tradiciones de los Igbo y de su estructura tribal. Esta estructura tiene roles definidos para cada genero y cualquier persona que no cumpla a cabalidad con esos roles es mal visto. Las mujeres tienen un rol secundario que, al igual que en otras partes del mundo y en otras épocas, gira principalmente en torno a tener y criar hijos mientras que los hombres deben ser guerreros, deben ser capaces de proveer a sus familias de todo aquello que pudieran necesitar. Los dioses que son venerados por este pueblo son manifestaciones de la naturaleza que afectan el resultado de sus cosechas y por ende de su economía por lo que les tienen mucho respeto.
En conclusión, más allá de la crítica al imperialismo que el autor realiza con esta obra, lo que más me interesó es que nos muestra en detalle aquella cultura que tenian y los cambios que sufrió.
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