November 01, 2015

El Cristo de la calavera

Es nuevamente 1 de Noviembre, lo que significa: otra leyenda de Bécquer

El Cristo de la calavera

I
     El rey de Castilla marchaba a la guerra de moros, y para combatir con los enemigos de la religión había apellidado en son de guerra a todo lo más florido de la nobleza de sus reinos. Las silenciosas calles de Toledo resonaban noche y día con el marcial rumor de los atabales y los clarines, y ya en la morisca puerta de Visagra, ya en la del Cambrón, o en la embocadura del antiguo puente de San Martín, no pasaba hora sin que se oyese el ronco grito de los centinelas, anunciando la llegada de algún caballero que, precedido de su pendón señorial y seguido de jinetes y peones, venía a reunirse al grueso del ejército castellano.
     El tiempo que faltaba para emprender el camino de la frontera y concluir de ordenar las huestes reales, discurría en medio de fiestas públicas, lujosos convites y lucidos torneos, hasta que, llegada al fin la víspera del día señalado de antemano por S. A. para la salida del ejército, se dispuso un postrer sarao, con el que debieran terminar los regocijos.
     La noche del sarao, el alcázar de los reyes ofrecía un aspecto singular. En los anchurosos patios, alrededor de inmensas hogueras, y diseminados sin orden ni concierto, se veía una abigarrada multitud de pajes, soldados, ballesteros y gente menuda, quienes, éstos aderezando sus corceles y sus armas y disponiéndolos para el combate; aquéllos saludando con gritos o blasfemias las inesperadas vueltas de la fortuna, personificada en los dados del cubilete; los otros repitiendo en coro el refrán de un romance de guerra, que entonaba un juglar acompañado de la guzla; los de más allá comprando a un romero conchas, cruces y cintas tocadas en el Sepulcro de Santiago, o riendo con locas carcajadas de los chistes de un bufón, o ensayando en los clarines el aire bélico para entrar en la pelea, propio de sus señores, o refiriendo antiguas historias de caballerías o aventuras de amor, o milagros recientemente acaecidos, formaban un infernal y atronador conjunto imposible de pintar con palabras.
     Sobre aquel revuelto océano de cantares de guerra, rumor de martillos que golpeaban los yunques, chirridos de limas que mordían el acero, piafar de corceles, voces descompuestas, risas inextinguibles, gritos desaforados, notas destempladas, juramentos y sonidos extraños y discordes, flotaban a intervalos, como un soplo de brisa armoniosa, los lejanos acordes de la música del sarao.
     Éste, que tenía lugar en los salones que formaban el segundo cuerpo del alcázar, ofrecía a su vez un cuadro, si no tan fantástico, y caprichoso, más deslumbrador y magnífico.
     Por las extensas galerías que se prolongaban a lo lejos formando un intrincado laberinto de pilastras esbeltas y ojivas caladas y ligeras como el encaje; por los espaciosos salones vestidos de tapices, donde la seda y el oro habían representado, con mil colores diversas escenas de amor, de caza y de guerra, y adornados con trofeos de armas y escudos, sobre los cuales vertían un mar de chispeante luz un sin número de lámparas y candelabros de bronce, plata y oro, colgadas aquéllas de las altísimas bóvedas y enclavados éstos en los gruesos sillares de los muros; por todas partes adonde se volvían los ojos, se veía oscilar y agitarse en distintas direcciones una nube de damas hermosas con ricas vestiduras chapadas en oro, redes de perlas aprisionando sus rizos, joyas de rubíes llameando sobre su seno, plumas sujetas en vaporoso cerco a un mango de marfil, colgadas del puño, y rostrillos de blancos encajes que acariciaban sus mejillas, o alegres turbas de galanes con talabartes de terciopelo, justillos de brocado y calzas de seda, borceguíes de tafilete, capotillos de mangas perdidas y caperuza, puñales con pomo de filigrana y estoques de corte bruñidos, delgados y ligeros.
     Pero entre esta juventud brillante y deslumbradora, que los ancianos miraban desfilar con una sonrisa de gozo, sentados en los altos sitiales de alerce que rodeaban el estrado real, llamaba la atención, por su belleza incomparable, una mujer aclamada reina de la hermosura en todos los torneos y las cortes de amor de la época, cuyos colores habían adoptado por emblema los caballeros más valientes; cuyos encantos eran asunto de las copias de los trovadores más versados en la ciencia del gay saber; a la que se volvían con asombro todas las miradas; por la que suspiraban en secreto todos los corazones; alrededor de la cual se veían agruparse con afán, como vasallos humildes en torno de su señora, los más ilustres vástagos de la nobleza toledana, reunida en el sarao de aquella noche.
     Los que asistían de contínuo a formar el séquito de presuntos galanes de doña Inés de Tordesillas, que tal era el nombre de esta celebrada hermosura, a pesar de su carácter altivo y desdeñoso, no desmayaban jamás en sus pretensiones; y éste, animado con una sonrisa que había creído adivinar en sus labios; aquél, con una mirada benévola que juzgaba haber sorprendido en sus ojos; el otro, con una palabra lisonjera, un ligerísimo favor o una promesa remota, cada cual esperaba en silencio ser el preferido. Sin embargo, entre todos ellos había dos que más particularmente se distinguían por su asiduidad y rendimiento, dos que al parecer, si no los predilectos de la hermosa, podrían calificarse de los más adelantados en el camino de su corazón. Estos dos caballeros, iguales en cuna, valor y nobles prendas, servidores de un mismo rey y pretendientes de una misma dama, llamábanse Alonso de Carrillo el uno, y el otro Lope de Sandoval.
     Ambos habían nacido en Toledo; juntos habían hecho sus primeras armas, y en un mismo día, al encontrarse sus ojos con los de doña Inés, se sintieron poseídos de un secreto y ardiente amor por ella, amor que germinó algún tiempo retraído y silencioso, pero que al cabo comenzaba a descubrirse y a dar involuntarias señales en existencia en sus acciones y discursos.
     En los torneos del Zocodover, en los juegos florales de la corte, siempre que se les había presentado coyuntura para rivalizar entre sí en gallardía o donaire, la habían aprovechado con afán ambos caballeros, ansiosos de distinguirse a los ojos de su dama; y aquella noche, impelidos sin duda por un mismo afán, trocando los hierros por las plumas y las mallas por los brocados y la seda, de pie junto al sitial donde ella se reclinó un instante después de haber dado una vuelta por los salones, comenzaron una elegante lucha de frases enamoradas e ingeniosas o epigramas embozados y agudos.
     Los astros menores de esta brillante constelación, formando un dorado semicírculo en torno de ambos galanes, reían y esforzaban las delicadas burlas; y la hermosa, objeto de aquel torneo de palabras, aprobaba con una imperceptible sonrisa los conceptos escogidos o llenos de intención que, ora salían de los labios de sus adoradores como una ligera onda de perfume que halagaba su vanidad, ora partían como una saeta aguda que iba a buscar, para clavarse en él, el punto más vulnerable del contrario: su amor propio.
     Ya el cortesano combate de ingenio y galanura comenzaba a hacerse de cada vez más crudo; las frases eran aún corteses en la forma, pero breves, secas, y al pronunciarlas, si bien las acompañaba una ligera dilatación de los labios, semejante a una sonrisa, los ligeros relámpagos de los ojos, imposibles de ocultar, demostraban que la cólera hervía comprimida en el seno de ambos rivales.
     La situación era insostenible. La dama lo comprendió así, y levantándose del sitial se disponía a volver a los salones, cuando un nuevo incidente vino a romper la valla del respetuoso comedimiento en que se contenían los dos jóvenes enamorados. Tal vez con intención, acaso por descuido, doña Inés había dejado sobre su falda uno de los perfumados guantes, cuyos botones de oro se entretenía en arrancar uno a uno mientras duró la conversación. Al ponerse de pie, el guante resbaló por entre los anchos pliegues de seda, y cayó en la alfombra. Al verle caer, todos los caballeros que formaban su brillante comitiva se inclinaron presurosos a recogerle, disputándose el honor de alcanzar un leve movimiento de cabeza en premio de su galantería.
     Al notar la precipitación con que todos hicieron el ademán de inclinarse, una imperceptible sonrisa de vanidad satisfecha asomó a los labios de la orgullosa doña Inés, que después de hacer un saludo general a los galanes que tanto empeño mostraban en servirla, sin mirar apenas y con la mirada alta y desdeñosa, tendió la mano para recoger el guante en la dirección en que se encontraban Lope y Alonso, los primeros que parecían haber llegado al sitio en que cayera. En efecto, ambos jóvenes habían visto caer el guante cerca de sus pies, ambos se habían inclinado con igual presteza a recogerle, y al incorporarse cada cual le tenía asido por un extremo. Al verlos inmóviles, desafiándose en silencio con la mirada, y decididos ambos a no abandonar el guante que acababan de levantar del suelo, la dama dejó escapar un grito leve e involuntario, que ahogó el murmullo de los asombrados espectadores, los cuales presentían una escena borrascosa, que en el alcázar y en presencia del rey podría calificarse de un horrible desacato.
     No obstante, Lope y Alonso permanecían impasibles, mudos, midiéndose con los ojos, de la cabeza a los pies, sin que la tempestad de sus almas se revelase más que por un ligero temblor nervioso, que agitaba sus miembros como si se hallasen acometidos de una repentina fiebre.
     Los murmullos y las exclamaciones iban subiendo de punto; la gente comenzaba a agruparse en torno de los actores de la escena; doña Inés, o aturdida o complaciéndose en prolongarla, daba vueltas de un lado a otro, como buscando donde refugiarse y evitar las miradas de la gente, que cada vez acudía en mayor número. La catástrofe era ya segura; los dos jóvenes habían
ya cambiado, algunas palabras en voz sorda, y mientras que con la una mano sujetaban el guante con una fuerza convulsiva, parecían ya buscar instintivamente con la otra el puño de oro de sus dagas, cuando se entreabrió respetuosamente el grupo que formaban los espectadores, y apareció el rey.
     Su frente estaba serena; ni había indignación en su rostro ni cólera en su ademán.
     Tendió una mirada alrededor, y esta sola mirada fue bastante para darle a conocer lo que pasaba. Con toda la galantería del doncel más cumplido, tomó el guante de las manos de los caballeros, que, como movidas por un resorte, se abrieron sin dificultad al sentir el contacto de la del monarca, y volviéndose a doña Inés de Tordesillas, que apoyada en el brazo de una dueña, parecía próxima a desmayarse, exclamó, presentándolo, con acento, aunque templado, firme:
     -Tomad, señora, y cuidad de no dejarle caer en otra ocasión donde al devolvérsele, os lo devuelva manchado en sangre.
     Cuando el rey terminó de decir estas palabras, doña Inés, no acertaremos a decir si a impulsos de la emoción o por salir más airosa del paso, se había desvanecido en brazos de los que la rodeaban.
     Alonso y Lope, el uno estrujando en silencio entre sus manos el birrete de terciopelo, cuya pluma arrastraba por la alfombra, y el otro mordiéndose los labios hasta hacerse brotar la sangre, se clavaron una mirada tenaz e intensa.
     Una mirada en aquel lance equivalía a un bofetón, a un guante arrojado al rostro, a un desafío a muerte.
II
     Al llegar la media noche, los reyes se retiraron a su cámara. Terminó el sarao, y los curiosos de la plebe que aguardaban con impaciencia este momento, formando grupos y corrillos en las avenidas del palacio, corrieron a estacionarse en la cuesta del alcázar, los miradores y el Zocodover.
     Durante una o dos horas, en las calles inmediatas a estos puntos reinó un bullicio, una animación y un movimiento indescriptible. Por todas partes se veían cruzar escuderos caracoleando en sus corceles ricamente enjaezados, reyes de armas con lujosas casullas llenas de escudos y blasones, timbaleros vestidos de colores vistosos, soldados cubiertos de armaduras resplandecientes, pajes con capotillos de terciopelo y birretes coronados de plumas, y servidores de a pie que precedían las lujosas literas y las andas cubiertas de ricos paños, llevando en sus manos grandes hachas encendidas, a cuyo rojizo resplandor podía verse a la multitud, que, con cara atónita, labios entreabiertos y ojos espantados miraba desfilar con asombro a todo lo mejor de la nobleza castellana, rodeada en aquella ocasión de un fausto y un esplendor fabulosos.
     Luego, poco a poco fue cesando el ruido y la animación; los vidrios de colores de las altas ojivas del palacio dejaron de brillar; atravesó por entre los apiñados grupos la última cabalgata; la gente del pueblo, a su vez, comenzó a dispersarse en todas direcciones, perdiéndose entre las sombras del enmarañado laberinto de calles oscuras, estrechas y torcidas, y ya no turbaba el profundo silencio de la noche más que el grito lejano de vela de algún guerrero, el rumor de los pasos de algún curioso que se retiraba el último, o el ruido que producían las aldabas de algunas puertas al cerrarse, cuando en lo alto de la escalinata que conducía a la plataforma del palacio apareció un caballero, el cual, después de tender la vista por todos lados como buscando a alguien que debía esperarle, descendió lentamente hasta la cuesta del alcázar, por la que se dirigió hacia el Zocodover.
     Al llegar a la plaza de este nombre se detuvo un momento y volvió a pasear la mirada a su alrededor. La noche estaba oscura; no brillaba una sola estrella en el cielo, ni en toda la plaza se veía una sola luz; no obstante, allá a lo leios, y en la misma dirección en que comenzó a percibirse un ligero ruido como de pasos que iban aproximándose, creyó distinguir el busto de un hombre: era, sin duda, el mismo a quien parecía aguardaba con tanta impaciencia.
     El caballero que acababa de abandonar el alcázar para dirigirse al Zocodover era Alonso Carrillo, que, en razón al puesto de honor que desempeñaba cerca de la persona del rey, había tenido que acompañarle en su cámara hasta aquellas horas. El que saliendo de entre las sombras de los arcos que rodean la plaza vino a reunírsele, Lope de Sandoval. Cuando los dos caballeros se hubieron reunido, cambiaron algunas frases en voz baja.
     -Presumí que me aguardabas -dijo el uno.
     -Esperaba que lo presumirías -contestó el otro.
     -Y ¿adónde iremos?
     -A cualquiera parte en que se puedan hallar cuatro palmos de terreno donde revolverse y un rayo de claridad que nos alumbre.
     Terminado este brevísimo diálogo, los dos jóvenes se internaron por una de las estrechas calles que desembocan en el Zocodover, desapareciendo en la oscuridad como esos fantasmas de la noche que, después de aterrar un instante al que los ve, se deshacen en átomos de niebla y se confunden en seno de las sombras.
     Largo rato anduvieron dando vueltas a través de las calles de Toledo, buscando un lugar a propósito para terminar sus diferencias; pero la oscuridad de la noche era tan profunda, que el duelo parecía imposible. No obstante, ambos deseaban batirse, y batirse antes que rayase el alba, pues al amanecer debían partir las huestes reales, y Alonso con ellas.
     Prosiguieron, pues, cruzando al azar plazas desiertas, pasadizos sombríos, callejones estrechos y tenebrosos, hasta que por último, vieron brillar a lo lejos una luz, una luz pequeña y moribunda, en torno de la cual, la niebla formaba un cerco de claridad fantástica y dudosa.
     Habían llegado a la calle del Cristo, y la luz que se divisaba en uno de sus extremos parecía ser la del farolillo que alumbraba en aquella época, y alumbra aún, a la imagen que le da su nombre.
     Al verla, ambos dejaron escapar una exclamación de júbilo, y apresurando el paso en su dirección, no tardaron mucho en encontrarse junto al retablo en que ardía.
     Un arco rehundido en el muro, en el fondo del cual se veía la imagen del Redentor enclavado en la cruz y con una calavera al pie; un tosco cobertizo de tablas que lo defendían de la intemperie, y el pequeño farolillo colgado de una cuerda que lo iluminaba débilmente, vacilando al impulso del aire, formaban todo el retablo, alrededor del cual colgaban algunos festones de hiedra que habían crecido entre los oscuros y rotos sillares, formando una especie de pabellón de verdura.
     Los caballeros, después de saludar respetuosamente la imagen de Cristo, quitándose los birretes y murmurando en voz baja una corta oración, reconocieron el terreno con una ojeada, echaron a tierra sus mantos, y apercibiéndose mutuamente para el combate y dándose la señal con un leve movimiento de cabeza, cruzaron los estoques. Pero apenas se habían tocado los aceros y antes que ninguno de los combatientes hubiesen podido dar un solo paso o intentar un golpe, la luz se apagó de repente y la calle quedó sumida en la oscuridad más profunda. Como guiados de un mismo pensamiento y al verse rodeados de repentinas tinieblas, los dos combatientes dieron un paso atrás, bajaron al suelo las puntas de sus espadas y levantaron los ojos hacia el farolillo, cuya luz, momentos antes apagada, volvió a brillar de nuevo al punto en que hicieron ademán de suspender la pelea.
     -Será alguna ráfaga de aire que ha abatido la llama al pasar -exclamó Carrillo volviendo a ponerse en guardia y previniendo con una voz a Lope, que parecía preocupado.
     Lope dio un paso adelante para recuperar el terreno perdido, tendió el brazo y los aceros se tocaron otra vez; mas al tocarse, la luz se tornó a apagar por sí misma, permaneciendo así mientras no se separaron los estoques.
     -En verdad que esto es extraño -murmuró Lope mirando al farolillo, que espontáneamente había vuelto a encenderse y se mecía con lentitud en el aire, derramando una claridad trémula y extraña sobre el amarillo cráneo de la calavera colocada a los pies del Cristo.
     -¡Bah! -dijo Alonso-. Será que la beata encargada de cuidar del farol del retablo sisa a los devotos y escasea el aceite, por lo cual la luz, próxima a morir, luce y se oscurece a intervalos en señal de agonía. Y dichas estas palabras, el impetuoso joven tornó a colocarse en actitud de defensa. Su contrario le imitó; pero esta vez, no tan sólo volvió a rodearlos una sombra espesísima e impenetrable, sino que al mismo tiempo hirió sus oídos el eco profundo de una voz misteriosa, semejante a esos largos gemidos del vendaval que parece que se queja y articula palabras al correr aprisionado por las torcidas, estrechas y tenebrosas calles de Toledo.
     Qué dijo aquella voz medrosa y sobrehumana, nunca pudo saberse; pero al oírla, ambos jóvenes se sintieron poseídos de tan profundo terror, que las espadas se escaparon de sus manos, el cabello se les erizó y por sus cuerpos, que estremecía un temblor involuntario, y por sus frentes, pálidas y descompuestas, comenzó a correr un sudor frío como el de la muerte.
     La luz, por tercera vez apagada, por tercera vez volvió a resucitar, y las tinieblas se disiparon.
     ¡Ah! -exclamó Lope al ver a su contrario entonces, y en otros días su mejor amigo, asombrado como él, como él pálido e inmóvil-; Dios no quiere permitir este combate, porque es una lucha fratricida; porque un combate entre nosotros ofende al cielo, ante el cual nos hemos jurado cien veces una amistad eterna.
     Y esto diciendo se arrojó en los brazos de Alonso, que le estrechó entre los suyos con una fuerza y una efusión indecibles.
III
     Pasados algunos minutos, durante los cuales ambos jóvenes se dieron toda clase de muestras de amistad y cariño, Alonso tomó la palabra, y con acento conmovido aún por la escena que acabamos de referir, exclamó dirigiéndose a su amigo:
     -Lope, yo sé que amas a doña Inés; ignoro si tanto como yo, pero la amas. Puesto que un duelo entre nosotros es imposible, resolvámonos a encomendar nuestra suerte en sus manos. Vamos en su busca; que ella decida con libre albedrío cuál ha de ser el dichoso, cuál el infeliz. Su decisión será respetada por ambos, y el que no merezca sus favores mañana saldrá con el rey de Toledo, e irá a buscar el consuelo del olvido en la agitación de la guerra.
     -Pues tú lo quieres, sea -contestó Lope.
     Y el uno apoyado en el brazo del otro, los dos amigos se dirigieron hacia la catedral, en cuya plaza, y en un palacio del que ya no quedan ni aun los restos, habitaba doña Inés de Tordesillas.
     Estaba a punto de rayar el alba, y como algunos de los deudos de doña Inés, sus hermanos entre ellos, marchaban al otro día con el ejército real, no era imposible que en las primeras horas de la mañana pudiesen penetrar en su palacio.
     Animados con esta esperanza llegaron, en fin, al pie de la gótica torre del templo; mas al llegar a aquel punto, un ruido particular llamó su atención y deteniéndose en uno de los ángulos, ocultos entre las sombras de los altos machones que flaquean los muros, vieron, no sin grande asombro, abrirse el balcón del palacio de su dama, aparecer en él un hombre que se deslizó hasta el suelo con la ayuda de una cuerda, y, por último, una forma blanca, doña Inés sin duda, que, inclinándose sobre el calado antepecho, cambió algunas tiernas frases de despedida con su misterioso galán.
     El primer movimiento de los dos jóvenes fue llevar las manos al puño de sus espadas; pero deteniéndose como heridos de una idea súbita, volvieron los ojos a mirarse, y se hubieron de encontrar con una cara de asombro tan cómica, que ambos prorrumpieron en una ruidosa carcajada, carcajada que, repitiéndose de eco en eco en el silencio de la noche, resonó en toda la plaza y llegó hasta el palacio.
     Al oírla, la forma blanca desapareció del balcón, se escuchó el ruido de las puertas que se cerraron con violencia, y todo volvió a quedar en silencio.
     Al día siguiente, la reina, colocada en un estrado lujosísimo, veía desfilar las huestes que marchaban a la guerra de moros teniendo a su lado a las damas más principales de Toledo. Entre ellas estaba doña Inés de Tordesillas, en la que aquel día, como siempre, se fijaban todos los ojos; pero, según a ella le parecía advertir, con diversa expresión que la de costumbre. Diríase que en todas las curiosas miradas que a ella se volvían retozaba una sonrisa burlona.
     Este descubrimiento no dejaba de inquietarla algo, sobre todo teniendo en cuenta las ruidosas carcajadas que la noche anterior había creído percibir a lo lejos y en uno de los ángulos de la plaza, cuando cerraba el balcón y despedía a su amante; pero al mirar aparecer entre las filas de los combatientes, que pasaban por debajo del estrado lanzando chispas de fuego de sus brillantes armaduras, y envueltos en una nube de polvo, los pendones reunidos de las casas de Carrillo y Sandoval; al ver la significativa sonrisa que al saludar a la reina le dirigieron los dos antiguos rivales que cabalgaban juntos, todo lo adivinó, y la púrpura de la vergüenza enrojeció su frente y brilló en sus ojos una lágrima de despecho.

October 25, 2015

Nixe

Siegfried rhinemaidens.jpg

Los Neck, Nixie, Nixe o Nyx son seres espíritus que habitan en las aguas con la capacidad de cambiar de formas. Suelen aparecer en la forma de seres bellos y elegantes, capaces de enamorar a cuanta persona se cruce en su camino. La imagen de las nixes femeninas es muy elegante y sugerente, pero en realidad son criaturas desdichadas, vengativas y peligrosas. Se las reconoce porque el borde de sus vestidos está siempre humedo.
Viven en aguas estancadas pero visitan los pueblos cercanos en busca de compañía masculina. Las leyendas cuentan que esto se debe a que los nixes masculinos son deformes, rencorosos y que maltratan a la menor provocación a sus contrapartes femeninas.
Las lagunas o estanques donde se sepa habitan las nixes son muy peligrosas para bañarse, especialmente durante la Noche de San Juan, en que son derogadas las leyes entre mortales y seres místicos. En cambio en el equinoccio de primavera son seguras y rejuvenecen a quienes se bañen en ellas gracias a las lágrimas de nixes mezcladas en el agua, las cuales otorgan propiedades mágicas.

Cŵn Annwn

En otro ciclo de mitos hablé de los perros fantasmales de forma general, el post de hoy trata sobre un tipo de estos canes especiales.

Los Cŵn Annwn son perros fantasmales de Annwn o el más allá en la mitología galesa. Se los suele asociar con un mito del que hablé en un post anterior la Wild Hunt, liderada por Arawn, el rey del Annwn según algunas historias aunque también se lo encuentra como el rey de las hadas. Su papel dentro de la Wild Hunt es el de cazar a los malhechores y perseguirlos hasta que ya no puedan más tal y como ellos hicieron con sus víctimas.
Otras leyendas dicen que Arawn suelta a los Cŵn Annwn para que cazen criaturas mundanas. Hay leyendas que nos narran que en una ocasión esto perros atacaron a un ciervo y Pwyll envió a sus propios perros para ahuyentarlos. Arawn apareció y en penitencia por esto hizo que Pwyll se enfrentara a Hafgan, otro rey del inframundo. Cabe destacar que el inframundo de estos mitos no es similar al infierno de las tradiciones judeo-cristianas, sino una especie de paraiso. En algunas historias estos perritos aparecen acompañados de "Matilda de la noche" o Mallt-y-Nos también conocida como "La madre de los sabuesos" o Cŵn Mamau.

Se dice que aparecen cerca de Cadair Idris, donde escuchar el aullido de los Cŵn Annwnes un presagio de muerte. De acuerdo al folclore, el gruñido de estos perros es más alto mientras más lejos están.
Los Cŵn Annwn tienen orejas rojas pues los celtas relacionaban este color con la muerte y la asociación de estos perros con ella es bastante grande. El resto de ellos es blanco, color asociado con lo sobrenatural.

October 23, 2015

Edipo Rey - Sofócles

Edipo Rey, que llega hasta nuestros días desde la Antigua Grecia (con sus mitos y leyendas WFT) es una obra de teatro que narra el día en que Edipo se entera de que se casó con su madre y tuvo hijos con ella luego de haber matado a su padre (O.o)   Pero la cosa es que él no sabía que el hombre al que había matado era su padre porque lo habían alejado de su familia biológica (entiéndase: Entregado a un pastor para ser abandonado en el bosque con la finalidad de impedir que cumpla la profecía de matar a su padre). Al enterarse de la verdad, Yocasta (la madre/esposa) se suicida, Edipo se ciega (literalmente se hiere los globlos oculares para no ver) y le dice a Creonte que quiere el destierro como castigo por su crimen.
La versión que leí fue una traducción al español (obviamente no se griego antiguo para leer el original) con la particularidad de que no está en verso sino en prosa. Edipo Rey es la primera de 3 obras de teatro de Sófocles sobre el pobre Edipo, las otras son Edipo en Colono y Antígona. Por supuesto cabe destacar que muchas de las obras de Sófocles se han perdido por lo que pueden haber existido más.
Uno de los temas, a mi criterio el principal no solo de esta obra sino de algunas leyendas griegas, es la fuerza del destino que hace que se cumpla aquello que ha sido escrito (o profetizado) y sin importar que tanto se luche por cambiarlo, es imposible hacerlo. A más de Edipo, esto se puede ver en otras leyendas como la de La Guerra de Troya donde es profetizado que Paris será el causante de la destrucción de la ciudad y la de Perseo que mató (accidentalmente) a su abuelo tal y como había sido profetizado.
El tema de la búsqueda de la verdad, sus consecuencias y cuán dura puede ser la aceptación de esta es  también es algo fundamental de esta obra pues es la búsqueda del asesino de Layo lo que inicia la cadena de eventos que lleva al destierro de Edipo.  

Wight

Wight es una palabra que viene del Inglés Medio que, aunque inicialmente se usaba para describir a un ser humano vivo, en épocas recientes se la ha usado para describir a seres no muertos espectrales, cadáveres que aún conservan partes corruptas de las almas que los habitaban, que generalmente se alimentan de la vida de sus víctimas.
Aunque cabe destacar que su uso es mucho más común en obras de ficción que en leyendas. 

Mogwai

De acuerdo al folclore chino, los mogwai o mogui, son demonios que causan daños a los humanos. Se dice que se reproducen sexualmente y durante su temporada de apareamiento que generalmente es en épocas lluviosas pues se dice que la lluvia significa el porvenir riquezas y tiempos buenos.

October 22, 2015

spriggan



Spriggan.jpg
"Spriggan". Licensed under GFDL via Wikipedia
Un spriggan es una creatura legendaria del folclore de las hadas particular de Cornwall. Se los representa como seres grotescamente feos y se dice que se los encuentra en viejas ruinas custodiando tesoros escondidos y actuando como hadas guardaespaldas. También se dice que son ladrones. A pesar de que su tamaño normal suele ser pequeño, tienen la habilidad de inflarse hasta alcanzar tamaños enormes por lo que se especulaba que eran fantasmas de los gigantes de las leyendas antiguas. 
Por lo general tienen mal carácter y les hacen travesuras a aquellos que los ofenden. Envian tormentas para echar a perder las cosechas, a veces cambian a niños humanos por sus changelings



Rübezahl

Rübezahl aparece en las leyendas como un gigante, un gnomo o un espíritu de la montaña según las distintas variantes. Con la gente buena es amigable, les enseña medicina y les regala cosas. pero si alguien se burla de él se vengará con seguridad.
Las historias que cuentan sobre él llegan a nuestros días desde los tiempos paganos. Rübezahl es el Señor del Clima de las montañas. De improviso conjura truenos y relampagos, niebla, lluvia y nieve desde la cima de la montaña incluso cuando el cielo está despejado y sol está en su cenit. Se dice que toma la forma de un monje de habito gris; con un instrumento de cuerdas, usualmente un arpa, en sus manos y al caminar logra que la tierra a su alrededor tiemble
Moritz von Schwind 008.jpg
"Moritz von Schwind 008" by Moritz von Schwind

October 19, 2015

Yuki-onna

SekienYukionna.jpg

"SekienYukionna" by Toriyama Sekien -
Scanned from ISBN 4-0440-5101-1.
Licensed under Public Domain via Commons.
Yuki-onna es un yōkai del folclore japones. También se la suele conocer como yuki-musume , yuki-onago, yukijorō, yuki anesa, yuki-omba, yukinba, yukifuri-baba,todos con significado similar "niña/chica/muchahca/mujer/abuela/anciana de las nieves".
En las versiones más populares, se dice que ella aparece en las noches cuando nieva, toma la forma de una bella y alta mujer con cabello largo y negro y con labios azules. Su piel es tan pálida (o según algunas leyendas transparente) que se camufla en el paisaje nevado. En algunas versiones viste un kimono blanco, aunque en otras anda desnuda y solo su cabello y su cara se distinguen. Flota por la nieve sin dejar ningún tipo de huella, es más según algunas versiones no tiene pies, y se puede transformar en neblina o nieve si se siente amenazada. En muchas historias ella se le aparece a las personas que están atrapadas en tormentas de nieve y usa su aliento gélido para matarlos. Según otras versiones, ella simplemente hace que sus víctimas pierdan su camino hasta que simplemente mueren de hipotermia y exposición a los elementos. A veces aparece sosteniendo un niño y cuando se acercan a quitárselo, su victima se congela instantáneamente. Esta táctica funciona bien especialmente con los padres que andan buscando algún niño perdido. 
Por su asociación con el invierno y las tormentas de nieve, se cree que es el espíritu de alguien que murió en la nieve. Hasta cerca del siglo XVII era un espiritu malvado, sinembargo ahora se la describe como un poco más humana y las historias se enfocan en su belleza eterea y su naturaleza fantasmagórica.

Batibat

El Batibat o Bangungot es un demonio encontrado en el folclore filipino. Un batibat toma la forma de una señora vieja, gorda y enorme que vive en los árboles. Usualmente solo toman contacto con los humanos cuando el árbol donde residen es derribado y usado como soporte de una casa. Aquí impide dormir a los humanos cerca del poste y si alguien se atreve a hacerlo, el batibat toma su forma original y lo ataca. Su ataque consiste en sentarse sobre su víctima hasta que la ahoga.

Revenant


Un revenant es un fantasma visible o un cuerpo reanimado que se creía, había regresado de la tumba a aterrorizar a los vivos. Su nombre es derivado del latín reveniens que significa  regresar. La mayor cantidad de historias de este tipo de seres viene de Europa en la Edad Media, principalmente de Gran Bretaña. En Irlandés Antiguo se los conocía como los 'Neamh Mairbh'. Aunque las historias del folclore posterior les dan un proposito especifico (atormentar a su asesino o cosas por el estilo), antes de eso simplemente regresaban a atormentar a familia y vecinos.
Por supuesto, como son seres que regresan de la tumba, tienen características similares a los vampiros que todos conocemos. En algunas historias se dice que beben sangre e incluso, al igual con que con supuestos vampiros, se dice que al abrir las tumbas se ha encontrado que sus ocupantes parecen estar más gordos y al hacerles una herida sangran, posteriormente la ciencia nos hizo ver que este estado era parte de la descomposición de los cuerpos.

October 16, 2015

Amazake-babaa

Amazake-babaa es un yokai que toma la forma de una mujer vieja. Ella llega por la noche a las casas a tocar la puerta pidiendo amazake (una bebida sin alcohol o con muy poco alcohol, hecha con a base de arroz fermentado) con una voz infantil, si alguien le contesta esta persona enfermará. Se dice que  para espantarla se debe poner una hoja de cedro en la puerta. 

October 15, 2015

Căpcăun



Un Căpcăun es una criatura del folclore rumano representada de forma similar a un ogro que rapta niños pequeños o mujeres jóvenes (principalmente princesas). Junto con Zmeu y Balaur representa al mal. De acuerdo a las características, tiene cabeza de perro, en ocasiones cuatro ojos (los extra están en el cuello) que come personas. El termino căpcăun también significa “jefe turco” o “jefe tataro”